Por fortuna todos los habitantes de mi casa hemos tenido la experiencia de sentir el fantasma que de vez en cuando se nos manifiesta, por lo cual no me siento mal al hablar de sus incursiones. Lo primero es que no sabemos si es de origen anglosajón, o tal vez sea hispano, pues no sería raro en esta ciudad de Miami.
Como se sabe, en Agosto 24 de 1992, el huracán Andrew barrió con todo lo que pudo del barrio donde vivimos, Countrywalk, situado al sur del condado Dade, por lo cual es posible, que desde entonces, nuestro amigo haya quedado atrapado en un vórtice de tiempo y espacio.
La última travesura que experimentamos fué hace apenas unas semanas cuando Sofía, mi nietecita de un año de edad, se despidió con sonrisa y movimiento de brazo -mirando hacia la pared de su cuarto- de alguna persona invisible que solo ella podía ver ante la mirada de sus asombrados padres.
Claro que ahora al escribir este texto, estoy viendo que el cursor se desplaza solo hacia la derecha de la pantalla. ¡Rayos!
Quien escribe esto ha sido víctima de travesuras de caracter infantil pues, por ejemplo, desaparecen temporalmente cosas como camisas, CDs, alguno de los controles remotos, y cables que he dejado separados se enredan solos de un día para otro. Pero eso no es todo, un día me apareció un billete de 100 dólares, que no me explico cómo llegó a mi bolsillo. Es imposible que el suscrito lo haya guardado sin darse cuenta.
Claro, a estas alturas del partido cualquier lector ya está pensando que sufro de Alzheimer, Parkinson, o Demencia Senil, pero ¿cómo se explica uno entonces la lucecita que bajó del techo a la pared enfrente de mi cama, una noche y se quedó flotando unos segundos, que parecieron horas?
¿Cómo se entiende entonces que mi esposa mencionó, unos días antes de Navidad, que el Niño Dios no existe y que de inmediato se cerró con fuerza la puerta de la habitación de mi nieta? No, no hay corrientes, recuerde estimado lector que en Miami se utiliza aire acondicionado para poder sobrevivir los intensos días de calor, que aquí son el 90% del tiempo.
Lo bueno del cuento es que ninguno de nosotros se siente atemorizado, aunque sí perplejos, pues cuando tratamos del tema siento que los pelos se me ponen de punta.
Seas quien seas te quiero mucho, siento paz y que debo ser mejor cada día...
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